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¿Qué riesgos tiene una operación espinal?

  • csajama
  • hace 5 días
  • 5 min de lectura

Cuando el dolor lumbar baja por la pierna, limita el sueño o impide trabajar, la cirugía puede aparecer como una posibilidad real. Pero antes de decidir, es lógico preguntarse qué riesgos tiene una operación espinal. La respuesta honesta es que toda intervención tiene riesgos, aunque estos cambian de forma importante según el diagnóstico, el nivel de la columna afectado, el procedimiento indicado y la condición general de cada paciente.

Una cirugía de columna no se recomienda solo porque exista una resonancia alterada. Se considera cuando los síntomas, el examen neurológico y las imágenes muestran una causa tratable, especialmente si el dolor persiste pese al manejo conservador, existe debilidad progresiva o hay una compresión nerviosa relevante. El objetivo es resolver un problema específico, no operar una imagen.

¿Qué riesgos tiene una operación espinal según el procedimiento?

No es lo mismo una discectomía para retirar una hernia que comprime un nervio que una fijación lumbar para estabilizar varios segmentos. Tampoco tiene el mismo perfil una cirugía cervical, lumbar, abierta, endoscópica o mínimamente invasiva. Por eso, hablar de un porcentaje único de riesgo puede confundir más que ayudar.

En procedimientos de descompresión, como una discectomía, una foraminotomía o una laminectomía, la prioridad es liberar una raíz nerviosa o la médula espinal. En una fijación de columna, además, se busca estabilizar vértebras con implantes y favorecer la unión ósea. A mayor complejidad, número de niveles intervenidos, cirugías previas o deformidad de la columna, mayor puede ser la exigencia técnica y el riesgo acumulado.

La edad por sí sola no define si una persona es candidata. Pesan más factores como osteoporosis, diabetes mal controlada, tabaquismo, obesidad, enfermedades cardiovasculares, uso de anticoagulantes y el estado funcional previo. Una evaluación preoperatoria bien hecha permite anticipar muchos de estos escenarios y ajustar el plan.

Riesgos que el equipo médico debe explicar con claridad

Infección, sangrado y problemas de cicatrización

La infección de la herida o de los tejidos profundos es una complicación posible. Puede requerir antibióticos, curaciones más prolongadas y, en casos poco frecuentes, una nueva cirugía. El riesgo aumenta con diabetes descompensada, tabaquismo, obesidad, inmunosupresión o cirugías extensas.

También puede haber sangrado durante o después del procedimiento. En la mayoría de las cirugías de menor invasividad, la pérdida de sangre suele ser inferior a la de una exposición abierta amplia, pero no desaparece por completo. Los medicamentos anticoagulantes o antiagregantes requieren una coordinación cuidadosa con el médico que los indicó: nunca deben suspenderse por cuenta propia.

Lesión de nervios, médula o saco dural

Este es, comprensiblemente, uno de los temores más frecuentes. La cirugía se realiza cerca de estructuras neurológicas delicadas, por lo que existe riesgo de irritación o lesión de una raíz nerviosa. Esto puede manifestarse como hormigueo, dolor, debilidad o cambios sensitivos. La posibilidad y gravedad dependen de la zona operada y del grado de compresión existente antes de la cirugía.

En algunos procedimientos puede ocurrir una apertura del saco dural, la membrana que contiene líquido alrededor de los nervios. Esto puede producir salida de líquido cefalorraquídeo, dolor de cabeza al ponerse de pie o necesidad de medidas adicionales durante el postoperatorio. Muchas veces puede repararse en el mismo acto quirúrgico, aunque requiere seguimiento.

La lesión medular grave es poco frecuente, pero debe explicarse con especial atención en cirugía cervical o en casos de estrechez severa del canal. La planificación con imágenes, la técnica precisa y, cuando corresponde, la monitorización neurofisiológica ayudan a reducir este riesgo.

Coágulos, anestesia y complicaciones generales

Como en otras cirugías, puede existir riesgo de trombosis venosa profunda o embolia pulmonar, sobre todo si hay inmovilidad prolongada, antecedentes de coágulos o ciertas enfermedades. La movilización precoz, las medias o dispositivos de compresión y, en pacientes seleccionados, la prevención farmacológica forman parte de la estrategia de seguridad.

La anestesia también tiene riesgos propios, relacionados con reacciones a medicamentos, náuseas, problemas respiratorios o cardiovasculares. La valoración anestésica identifica antecedentes relevantes y permite definir el enfoque más seguro. Algunas cirugías endoscópicas pueden realizarse bajo sedación en pacientes cuidadosamente seleccionados, pero esa alternativa no sirve para todos los diagnósticos ni reemplaza la anestesia general cuando esta es necesaria.

Dolor persistente o mejoría menor de la esperada

Una operación técnicamente correcta no garantiza que todo dolor desaparezca. Si un nervio ha estado comprimido durante mucho tiempo, puede tardar semanas o meses en recuperarse, y algunas molestias pueden persistir. El dolor lumbar también puede provenir de más de una estructura, por lo que tratar una hernia o una estenosis no siempre resuelve todos los síntomas.

Este punto exige una conversación franca antes de operar. La cirugía suele ofrecer mejores resultados cuando existe una relación clara entre el síntoma, el examen físico y la lesión identificada en las imágenes. Cuando el origen del dolor es difuso o multifactorial, las expectativas deben ser más prudentes.

Recurrencia, inestabilidad o problemas con la fusión

Después de una cirugía por hernia discal, el material discal puede volver a protruir en el mismo nivel o aparecer un problema en otro segmento con el paso del tiempo. No siempre significa que la primera cirugía haya fallado: la columna continúa envejeciendo y está expuesta a carga mecánica.

En una fijación, existe el riesgo de que la unión ósea no consolide como se esperaba, situación conocida como pseudoartrosis. También pueden presentarse molestias relacionadas con los implantes o desgaste en niveles cercanos. El tabaquismo y la mala calidad ósea son factores especialmente relevantes, por lo que abordarlos antes de la cirugía puede cambiar el pronóstico.

Cómo las técnicas mínimamente invasivas pueden reducir el impacto quirúrgico

Una técnica mínimamente invasiva busca acceder al problema con menor daño a los músculos y tejidos sanos. En casos seleccionados, la endoscopia, la foraminotomía endoscópica o la fijación MISS asistida por endoscopia pueden disminuir el sangrado, el dolor de la herida y el tiempo de hospitalización. Esto también puede facilitar una recuperación más temprana.

Sin embargo, menos invasiva no significa libre de riesgos ni necesariamente mejor para todas las personas. El procedimiento adecuado depende de la ubicación de la compresión, la estabilidad de la columna, el tamaño de la hernia, cirugías previas y la presencia de deformidad o estrechez compleja. Elegir una técnica solo por el tamaño de la incisión sería un error.

La ventaja real aparece cuando el abordaje menos agresivo logra resolver por completo la causa del problema sin comprometer la seguridad. Esa decisión requiere experiencia específica en cirugía de columna y una planificación individualizada. En la práctica del Dr. Carlos Sajama, la evaluación se orienta precisamente a definir si una alternativa endoscópica o mínimamente invasiva es apropiada para cada caso.

Qué puede hacer el paciente para disminuir riesgos

La seguridad no depende únicamente del quirófano. Dejar de fumar con anticipación, controlar la glucosa, informar todos los medicamentos y seguir las indicaciones de ayuno y suspensión farmacológica son medidas concretas. También es útil preparar el hogar para evitar esfuerzos innecesarios durante los primeros días y contar con apoyo si la movilidad estará limitada al inicio.

Antes de aceptar una cirugía, conviene preguntar cuál es el diagnóstico que se busca corregir, qué ocurriría si se continúa con tratamiento no quirúrgico, cuál es la técnica propuesta y qué riesgos son más relevantes en su caso particular. También debe quedar claro qué nivel de mejoría es razonable esperar, cuánto tiempo podría tomar la recuperación y qué señales requieren consulta urgente.

Tras la operación, fiebre persistente, enrojecimiento o secreción de la herida, dolor que aumenta de forma marcada, debilidad nueva, pérdida de control de esfínteres, falta de aire o dolor e hinchazón en una pierna justifican una evaluación médica inmediata. No conviene atribuir estos síntomas automáticamente al proceso normal de recuperación.

Una decisión quirúrgica bien tomada no parte del miedo ni de promesas absolutas. Parte de entender el problema, comparar el beneficio esperado con los riesgos personales y contar con un equipo que explique cada paso con claridad. Esa conversación puede transformar una preocupación legítima en un plan de tratamiento seguro y realista.

 
 
 

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