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Tornillos percutáneos en cirugía de columna

csajama
hace 5 días
6 min de lectura

Cuando una vértebra es inestable, el objetivo no es simplemente “poner tornillos”: es recuperar una base firme para proteger los nervios, aliviar el dolor mecánico y permitir que la persona vuelva a moverse con seguridad. Los tornillos percutáneos son una alternativa mínimamente invasiva para lograr esa estabilización en pacientes seleccionados, evitando la exposición amplia de los músculos que suele requerir una cirugía abierta convencional.

Esta técnica se utiliza principalmente en procedimientos de fijación de columna. Puede formar parte del tratamiento de fracturas vertebrales, inestabilidades por desgaste, espondilolistesis, deformidades seleccionadas o cuadros en los que, tras liberar una compresión nerviosa, es necesario estabilizar uno o más segmentos. La indicación no depende solo de una resonancia o una radiografía: requiere relacionar las imágenes con los síntomas, el examen físico, la calidad ósea y las necesidades concretas de cada paciente.

¿Qué son los tornillos percutáneos?

Los tornillos percutáneos son implantes que se introducen a través de incisiones pequeñas en la espalda, guiados con imágenes intraoperatorias de alta precisión. Se ubican en una zona resistente de la vértebra llamada pedículo y se conectan mediante barras para dar soporte al segmento comprometido de la columna.

La palabra “percutáneo” se refiere a la vía de acceso a través de la piel. No significa que el procedimiento sea menor ni que esté libre de riesgos. La diferencia está en cómo se llega a la columna: en lugar de despegar ampliamente los músculos paravertebrales, el cirujano trabaja por canales más acotados y planifica la trayectoria de cada implante con control radiológico y, según el caso, sistemas de navegación.

Para el paciente, esta diferencia puede ser relevante. La musculatura posterior de la espalda cumple una función esencial en la postura y el movimiento. Reducir su manipulación puede traducirse en menos daño de tejidos blandos, menor sangrado y un postoperatorio más tolerable. Sin embargo, el beneficio real depende de que la técnica esté bien indicada y ejecutada por un equipo con experiencia específica en cirugía de columna mínimamente invasiva.

¿En qué casos se indican?

La fijación con tornillos percutáneos no es un tratamiento para cualquier dolor lumbar. Muchas personas con dolor de espalda mejoran con kinesiología, manejo del dolor, cambios de actividad y tratamiento médico. Operar solo tiene sentido cuando existe una causa estructural clara y cuando el beneficio esperado supera los riesgos.

Esta técnica puede considerarse en una fractura vertebral inestable, especialmente si genera dolor importante, pérdida de alineación o riesgo de compromiso neurológico. También puede ser útil en pacientes con espondilolistesis, una condición en la que una vértebra se desplaza sobre otra y puede generar dolor lumbar, ciática o dificultad para caminar.

Otra situación frecuente es la enfermedad degenerativa de columna. Cuando el desgaste produce estrechamiento del canal o de los forámenes por donde salen los nervios, a veces se requiere descomprimir esas estructuras. Si además hay inestabilidad, una fijación mínimamente invasiva puede complementar la liberación nerviosa. En algunos casos se asocia a una fusión o artrodesis, buscando que dos o más vértebras se unan de forma sólida con el tiempo.

La decisión cambia de una persona a otra. Una hernia lumbar aislada, por ejemplo, rara vez requiere tornillos. En cambio, si esa hernia se acompaña de inestabilidad, deformidad, cirugías previas o un segmento severamente degenerado, la evaluación puede ser distinta. Por eso una recomendación seria no se construye solo sobre el nombre del diagnóstico.

Estudios que ayudan a decidir

La resonancia magnética permite evaluar discos, nervios y tejidos blandos. La tomografía computada entrega información detallada sobre el hueso, las facetas y la anatomía necesaria para planificar los implantes. Las radiografías dinámicas, tomadas en flexión y extensión, pueden mostrar desplazamientos que no siempre aparecen en una resonancia realizada acostado.

También es necesario revisar antecedentes médicos, medicamentos anticoagulantes, tabaquismo, diabetes, osteoporosis y cirugías anteriores. La calidad del hueso es particularmente importante: un tornillo necesita un anclaje seguro, y en pacientes con osteoporosis puede ser necesario ajustar la estrategia quirúrgica.

Beneficios prácticos de una vía mínimamente invasiva

El principal valor de esta técnica no es tener una cicatriz más pequeña, aunque esto puede ser apreciado por algunos pacientes. El foco está en disminuir la agresión quirúrgica sobre músculos y tejidos blandos sin sacrificar estabilidad ni precisión.

En casos apropiados, los beneficios potenciales incluyen menor sangrado durante la cirugía, menor dolor muscular postoperatorio, movilización más temprana y una estadía hospitalaria más corta. Para una persona que trabaja, cuida a su familia o vive fuera de la ciudad, estos aspectos pueden influir de manera importante en la experiencia de recuperación.

También puede haber una ventaja en pacientes mayores o con enfermedades asociadas, cuando se busca reducir el impacto fisiológico de una cirugía extensa. Pero mínimamente invasivo no significa automáticamente mejor para todos. Si existe una deformidad compleja, una compresión muy amplia o una necesidad de reconstrucción importante, una cirugía abierta o una técnica híbrida puede ofrecer mejor acceso y mejores resultados.

La buena cirugía no consiste en aplicar la misma herramienta a todos. Consiste en escoger el abordaje que resuelva el problema con el menor trauma posible y con estándares de seguridad adecuados.

¿Cómo es el procedimiento?

La cirugía se realiza en pabellón, habitualmente bajo anestesia general. Con el paciente en posición boca abajo, se identifican los niveles que se van a tratar mediante imágenes. Luego se realizan pequeñas incisiones laterales y se introducen guías hasta los pedículos vertebrales, verificando la posición en distintos planos antes de colocar cada tornillo.

Después se conectan los implantes con barras. Si el caso requiere descompresión, foraminotomía, discectomía o artrodesis, estas etapas se integran al plan quirúrgico según la patología. En cirugía de columna mínimamente invasiva, la fijación puede combinarse con técnicas endoscópicas en situaciones seleccionadas, permitiendo tratar la compresión nerviosa y la inestabilidad mediante accesos más acotados.

La duración de la operación varía según el número de niveles, el diagnóstico, la presencia de cirugías previas y la necesidad de realizar otros procedimientos. No es prudente comparar tiempos quirúrgicos entre pacientes como si fueran equivalentes: dos cirugías con el mismo número de tornillos pueden tener complejidades muy distintas.

Recuperación: qué esperar después de la cirugía

Tras una fijación percutánea, muchos pacientes comienzan a sentarse y caminar de forma precoz, siempre de acuerdo con las indicaciones del equipo tratante. El alta puede ocurrir en uno o pocos días en casos sin complicaciones, pero la hospitalización se define por la evolución clínica, el control del dolor, la autonomía para caminar y las condiciones de apoyo en el hogar.

Es normal sentir dolor local en las incisiones y rigidez lumbar durante las primeras semanas. Si antes de la cirugía existía dolor irradiado a una pierna por compresión nerviosa, la mejoría puede ser rápida, pero el nervio también puede tardar semanas o meses en recuperarse. Cuando hubo daño neurológico prolongado, algunos síntomas pueden no desaparecer por completo.

Las restricciones iniciales suelen incluir evitar cargar peso, realizar movimientos bruscos de torsión y permanecer sentado por períodos prolongados sin pausas. La vuelta al trabajo depende del tipo de labor: una actividad administrativa no tiene las mismas exigencias que un trabajo físico. La rehabilitación se pauta de manera gradual, priorizando caminatas, cuidado de la postura y recuperación de fuerza cuando el cirujano lo indique.

Riesgos y decisiones informadas

Toda cirugía de columna tiene riesgos. Entre ellos están infección, sangrado, lesión de estructuras nerviosas, mala posición de un implante, dolor persistente, falta de consolidación de una artrodesis y necesidad de una nueva intervención. La tecnología de imágenes y la experiencia quirúrgica ayudan a disminuir estos riesgos, pero no los eliminan.

Tampoco conviene prometer resultados absolutos. El dolor lumbar puede tener más de una causa, y una cirugía dirigida a corregir inestabilidad no necesariamente resuelve molestias provenientes de otras articulaciones, músculos o condiciones médicas. Una conversación clara antes de operar debe incluir qué síntomas se espera mejorar, cuáles podrían persistir y qué alternativas existen.

La consulta especializada es el espacio para ordenar estas dudas. Revisar las imágenes junto al paciente, explicar el motivo de cada implante y conversar sobre el postoperatorio permite tomar una decisión con menos incertidumbre y expectativas más realistas.

Si le han indicado una fijación de columna, pedir una evaluación enfocada en la causa de su dolor puede cambiar por completo la conversación. Más que buscar la técnica más llamativa, vale la pena encontrar un plan que proteja sus nervios, respete su vida diaria y ofrezca una recuperación razonable para su caso.

 
 
 

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